Sandra Russo
Si se piensa en 2009 y en la primera vez que Wall Street comenzó a experimentar en carne propia el tembladeral que acostumbraba a sembrar en otros lugares del mundo, le viene a uno a la mente el estallido de la burbuja financiera. Las hipotecas, las cuotas de las casas comiéndose los salarios familiares. En ese momento no hubo tiempo de fabricar un relato paliativo para esa crisis; los afectados eran norteamericanos y los reflejos narrativos del establishment global no pudieron impedir que a las cosas se las llamara por su nombre.
El sector financiero había sobregirado su rol, había penetrado el sistema, había convencido a millones de personas para que se endeudaran. Era fácil. ¿Cómo no convencerlas si lo único que había que hacer era subrayar en spots televisivos o en avisos de diario que el sueño americano era posible? ¿Qué tenía de raro consumir en un país en el que el modo de vida prometido y exaltado incluía el acceso al consumo?
Esta crisis mundial empezó, así, con un engaño a los ciudadanos que se sentían más seguros que ningún ciudadano del mundo.
