Fausto Triana*
Volver a París debería siempre sustentar una experiencia grata, salvo que la idea se transforme en varias horas de espera en el aeropuerto Charles de Gaulle camino de Shogún, donde Cuba espera sacar sus espadas de béisbol.
Transitar entre terminales aéreas y aviones para llegar a la Tierra del Sol Naciente trae a la memoria la novela de James Clavell y al célebre Shogún, en una ruptura total de los delicados crépes franceses ante el fuerte sushi japonés.
El personaje de Ang-jin-san y la bella Mariko aparecen desvelados. Simples pretextos para hablar del III Clásico Mundial de Béisbol, apartándose de esa suerte de cliché que muestra a Toshiro Mifune con una katana (sable) de samurai bañada en sangre.
John Blackthorne (Richard Chamberlain en la serie televisiva), devenido Ang-jin-san (piloto en japonés), capitán del buque naufragado en las costas niponas, sirve de hilo conductor para desentrañar un tanto las madejas de una cultura milenaria.
