Julio Martínez Molina
En el paso de unos años tomó nuestra casa. Está en el aire, sobrevuela la esquina, camina invisible por la acera, es dueña de los ómnibus, se impuso en el éter, monta coches, campea por los edificios multifamiliares, baña de su hedor las relaciones interpersonales.
La vulgaridad, agresivo y perjudicial antivalor, corroe la nobleza del alma, tiende a sentar la errónea concepción de que la ordinariez es el único modelo posible de vida, tienta al débil o influenciable por efecto de supervivencia habida cuenta de que lastima la proclividad a un proceder divergente en consecuencia con su nivel de expansión.
