Antonio Rodríguez Salvador (*)
No hay guerra mediática contra Cuba, opinan en ciertos círculos (viciosos, casi escribo). Bien, no entremos en polémica, solo concentrémonos en El Paño Maravilloso.
Por si el lector no recuerda ese cuento del infante don Juan Manuel, que siglos más tarde versionó Hans Christian Andersen, brevemente lo resumo. Cierta vez, unos malhechores le hacen creer al rey que pueden fabricar un traje que resultará invisible para quienes sean hijos de padres ladrones. El rey cae en la trampa y lo manda hacer: así sabrá quién, en su corte, no es hijo de padres honrados.
Mientras imaginariamente se lo entallan, los malhechores le van preguntando si le gustan los encajes de la pechera, las perlas de los puños, tal color de las mangas… Obviamente, el rey no veía nada (o solo veía sus calzoncillos y su barriga desnuda) y, sin embargo, a todo decía que sí.
Y lo mismo hace la masa de cortesanos: ¡Qué hermoso!, decía alguno; ¡bellísimo!, aplaudía otro: ya sabemos que en todas partes hay oportunistas y adulones: esa caterva de gente inclasificable en las escalas que miden la ética y el amor propio.
¿Y qué tiene que ver todo esto con Cuba?