El asesinato de Kennedy es el enigma por excelencia de la historia política contemporánea, sobre el que han corrido muchísimas interpretaciones. A criterio de no pocos estudiosos del tema, la mejor síntesis que se conoce de ellas es la que brinda el periodista Robert Talbot en su libro La conspiración (Editorial Crítica). Para Talbot, tres complots diferentes confluyeron en el atentado: el de los mafiosos que no perdonaban la persecución a las que les sometió la administración Kennedy; el de los ultraderechistas del establishment, con tentáculos en el FBI y la CIA, que le odiaban porque les había puesto a raya varias veces, y el de la mafia cubanoamericana que le consideraban un traidor por no apoyar el desembarco de Bahía de los Cochinos y culminó con la victoria de las fuerzas cubanas en Playa Girón.
En su recién publicada reconstrucción del magnicidio de Dallas, titulada 22/11/63, Stephen King pone a su protagonista a seguir los pasos del asesino Lee Harvey Oswald desde cinco años antes de que empuñe el arma magnicida. Su visión del tema parece esquivar las teorías conspirativas, y abonar, en cambio, la “aburrida” conclusión de la comisión Warren: el asesino actuó solo.
