Julio Martínez Molina
Verbo dilecto de los centros de poder, mentir siempre ha formado parte del ABC de las fuerzas hegemónicas. Es algo sabido, y practicado, desde los tiempos antiguos. La información apócrifa se empleó no más rayar los albores de las formaciones económico-sociales, por áreas de inteligencia cuya labor activa propiciaba, indistintamente, confundir a todo o a determinado tipo de receptores, propiciar favores de los pueblos o intimidar al adversario.
Antes de Guttënberg, las mentiras se fabricaban con mucho tiempo de antelación, para que los veleros la transportasen a otros continentes en el plazo de cuatro o cinco meses; o para que un jinete la difundiese entre naciones cercanas al cabo de varias semanas. La llegada del papel, y de la prensa periódica -vehículo rey en la propagación del sofisma-, contribuyó notablemente a aligerar la tarea, como cada paso tecnológico emprendido hasta esta actualidad de internet, las fake news, la posverdad y las redes sociales de la catarsis emotiva, donde la mentira se propala en segundos.
