Glenda Boza Ibarra*
El primer día que anudé mi pañoleta fui feliz. Aunque no se pareciera en nada a aquella bicolor que décadas atrás usó mi madre; o bastaran unos segundos para que con el calor de octubre me dieran ganas de quitármela; ese fue, con apenas seis años, uno de los mejores momentos de mi vida.
No importaba tampoco que yo no supiera hacer el nudo que llevaba, o que en algún momento la dejara perdida, ni que al paso de los años se rompiera. Aquel atributo, primero azul como el cielo, y roja como la sangre después, —cual composición de primaria—, me identificó como pionera.
Por eso era feliz al llevar en mi vestimenta diaria los colores de la enseña nacional, esa que cada mañana saludaba orgullosa, mientras entonábamos el Himno en el patio de la escuela.
Aquel uniforme fue mi preferido, aunque todavía “mal recuerde” la forma de desabotonar rápidamente los tirantes de la saya para correr a la clase de Educación Física.
Pasado el tiempo, cambié el atuendo rojo por el amarillo y la pañoleta desapareció. Las nuevas responsabilidades y exigentes estudios para llegar al preuniversitario trajeron entonces —junto a mi “manía de niña puntualita”—, una membresía que era casi tradición familiar.
