Carlos M. Álvarez
Víctor Mesa no quiere conversar conmigo, ni con nadie. Pero eso es imposible. Es como pedirle peras al olmo. Víctor Mesa no sabe vivir sin conversar. Es un logocentrista, le gusta oírse, y en un entorno como el beisbol cubano, donde la gente se cuida y no habla o habla un conjunto de naderías sin sustancia alguna, eso ya es, de por sí, suficiente mérito.
Lo he atrapado en un mal momento. Mesa acaba de perder el Clásico Mundial al frente del equipo Cuba, y el martes pasado, en la reanudación de la Serie Nacional, durante el primer encuentro Matanzas contra Industriales, fue echado del Latinoamericano ante miles de espectadores y millones de televidentes.
El país entero presenció, secuencia a secuencia, cómo Mesa se propasaba con el árbitro, cómo intentaba retirar a su equipo del terreno y subía al box a un jugador de posición, en franco desafío a la autoridad de Melchor Fonseca, el principal, quien segundos antes había expulsado al pitcher matancero Yasiel Lazo, por propinar dos dudosos deadball con el juego más que abierto. Aunque, todo sea dicho, sin advertencia previa.
