Julio Martínez Molina
Corría el año 399 antes de Cristo. Un solo hombre se enfrentaba, en juicio público, ante 500 jueces atenienses. Sócrates vale por el doble de ellos, aunque ni su clarividencia ni su autodefensa le servirán de mucho a la hora del el veredicto. Se le acusa, entre otras memadas, de emplear el arte de la retórica para pervertir a los jóvenes con enseñanzas insanas. Defiéndese de esta forma el pensador: “La mentira que más me ha sorprendido (por parte de sus acusadores) es la que decía que debéis tener cuidado de que no os engañe, porque, según ellos, tengo facilidad de palabra. No les ha dado vergüenza que les dejara por embusteros en cuanto me pusiera a hablar con tan poca elocuencia”.
