Julio Martínez Molina
Hace casi diez años, cuando todavía no habían acontecido los pronunciamientos oficiales sobre el tema en las más altas instancias legislativas de este país, un grupo de periodistas ya alertábamos en páginas de medios nacionales o locales sobre la incidencia nefasta del exceso de reuniones en las dinámicas laborales del sistema productivo cubano.
Lamentablemente, ni aquellos humildes planteamientos en la prensa ni las agudas observaciones gubernamentales al respecto contribuyeron en demasía a la retracción del fenómeno. Resulta doloroso atestiguarlo; pero ante verdades semejantes no queda otra que decir como Hegel ante las montañas: “Así es”. A la situación nacional de desperdicio del tiempo Álex de la Iglesia la valoraría como un “crimen ferpecto”. Pío Baroja, en cambio, quizá se hubiera parodiado a sí mismo para rubricar su caricatura de este drenaje al quehacer cotidiano, mediante un título que mofa-semantiza las horas idas entre planteamientos redundantes, manos alzadas, reiteración de problemas conocidos: “El mundo es ansí”. Y sí, nuestro mundo cubano es “ansí”, con la distorsión ex profesa.
