Alfredo Serrano Mancilla*
La XXIII Cumbre Iberoamericana celebrada en Panamá ha pasado más desapercibida que de costumbre. Este encuentro anual ya no llama la atención de casi nadie. Poco sentido tiene continuar haciéndose eco de un evento que pretende reunir a un bloque geopolítico inexistente. Iberoamérica ya no es ningún pivote sólido en esta transición geoeconómica que está desencadenando un nuevo mundo policéntrico. América Latina es –afortunadamente– una región bien diferente de aquella que conformaba parte de la Comunidad Iberoamericana de Naciones en esa primera cumbre –de Guadalajara– en pleno auge del neoliberalismo a nivel mundial, en el año 1991. Además, España y Portugal tampoco son los mismos de aquellos que aparentaban ser países exitosos centrales en plena integración europea.
