Julio Martínez Molina
Dos lectores, escandalizados, se comunicaron con el redactor tras la lectura de la novela El hombre que amaba los perros, porque a su juicio, “el narrador cubano Leonardo Padura exagera, de forma muy cruda, los desmanes cometidos por Stalin, el mandatario soviético”. Sin defender al escritor, quien por su tremendo calibre no precisa ningún tipo de socorro, ni tampoco validar cada línea de cuanto vierte en dichas páginas, les respondí que ya hace casi 70 años Raúl Roa, gran intelectual revolucionario, comunista, escribió El padrecito rojo, delicioso artículo (recogido por cierto en uno de sus libros), donde hablaba de los errores del georgiano. José sí cometió conocidas tropelías.
Nada es absoluto en la vida. Pese a su complicadísima tipología humana e incorrectas políticas -tampoco jamás al nivel de los imperialistas con sus genocidios atómicos sobre Japón o autoataques siniestros, dejémoslo bien precisado-, Stalin lideró a la Unión Soviética en su camino a la liberación del fascismo y sentó determinadas bases para que, posteriores políticos mejor capacitados y encaminados que él, condujesen a la nación de los soviets a estándares sociales, científicos, militares y niveles de igualdad entre los hombres inalcanzables hasta entonces por ningún régimen social.
