Julio Martínez Molina
Si alguien, alguna vez, creyó que, por decisión propia, las administraciones norteamericanas transformarían su posición autoimpuesta de entes de dominación mundial o torcerían el giro de su política interna para respaldar a los menos favorecidos, estaba durmiendo el shakesperiano sueño de una noche de verano. Pensadores, periodistas, políticos…, entonaron canciones de gesta, embelesados con los presuntos cambios a imponer por el Mio Cid San Obama. Realista por naturaleza, incluso en aquel momento de vítores, lloros populares de alegría en Chicago tras la noticia del ganador demócrata en las elecciones y centenares de encomios en la prensa mundial (incluida parte de la izquierdista), nunca me hice esperanzas con el señor. Como con ninguno de sus homólogos.
