Julio Martínez Molina
Ernest Hemingway sufría, desconsolado, “ante la soledad de muerte provocada por cada día perdido”. Es una sensación compartida -no importan las eras ni las filosofías-, por todos cuanto justiprecian el valor del tiempo en tanto unidad suprema para crear, vivir, conocer, experimentar, saber, entretener el cuerpo e instaurar al espíritu en un peldaño superior al de los neardenthales practicando el coitus a tergus en la selva bavárica.
Cosas estamos viendo, querido Cervantes, con permiso de tu Sancho, y es el caso que, de un tiempo a esta parte, no solo proliferan como armas masivas de destrucción estética del público nacional las telenovelas mexicanas, colombianas venezolanas y algunas también de la corporación O´Globo (el manual perfecto para la estupidización inmediata); los filmes de la peor ralea fabricados en serie por Hollywood -como bien decía Alfredo Guevara días atrás, existen dos Mecas: la dedicada a producir estiércol y la de grandes obras, esas esporádicamente exhibidas en la televisión nacional); o los discos con conciertos de Ana Bárbara u otros tantísimos idolitos de barro de Televisa.
