Julio Martínez Molina
Que el ser humano reformula o modifica al paso de los años algunas de sus ideas, en virtud de un mundo cambiante al cual debe interpretar volcándose al interior de su dinámica dialéctica y no gravitando desde una órbita externa de coordenadas inamovibles, es una verdad incuestionable.
Mas, de ahí a remodelar todo su cuerpo de pensamiento de forma progresiva hasta desdibujarse en el recuerdo lo que algún día fue aquel y contornearse en el presente las líneas de una nueva mentalidad reacia a validar antaños principios, va no solo una larga distancia sino un cambio de denominación de su actitud.
El mundo toma el café cada mañana ante periódicos que reproducen los rostros y nombres de tránsfugas ideológicos de toda laya y estrado (políticos, intelectuales, periodistas…), quienes desvergonzadamente trocaron de súbito, o de a poco, su pensar.
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lunes, 3 de noviembre de 2014
lunes, 19 de septiembre de 2011
Cambios de forma tras el café de la mañana
Julio Martínez Molina
Arthur Schopenhahuer, el llamado filósofo de la tristeza, habló en su día de “la triste esclavitud de estar sometidos a la opinión ajena”. De cierto es bien gráfico el tropo e idílico sería enfurruñarse en un iglú ajeno a pareceres, pero inviable en grado sumo resultaría para la especie misma ni siquiera sopesar el juicio del otro ante nuestros actos o palabras.
Todo ser humano, fundamentalmente si es una figura pública, es escudriñado a lo largo de su vida y obra, en virtud de su proceder, en razón de la consecuencia para consigo mismo de su identidad, visto en el amplio orden de significados que encierra tal palabra.
No entraña ello que semejante “oteo” desdeñe la ley del ser humano abierto al cambio, acorde con la modificación misma producida en su universo particular o general. La vida es perenne estación de ecuaciones donde llegan una y otra vez disímiles incógnitas a despejar en el carril correcto. Evolución, dialéctica, transformación…, podría denominársele de muchas maneras.
Que el ser humano reformula o modifica al paso de los años algunas de sus ideas, según un mundo cambiante al cual debe interpretar volcándose al interior de su dinámica dialéctica y no gravitando desde una órbita externa de sabor a pasado, constituye verdad incuestionable.
Mas, de ahí a remodelar todo su cuerpo de pensamiento de forma progresiva hasta desdibujarse en el recuerdo lo que algún día fue aquel y contornearse en el presente las líneas de una nueva mentalidad reacia a validar antaños principios y convicciones, va no solo una larga distancia sino un cambio de denominación de su actitud.
La inconsecuencia con los ideales pasa por algo esencial llamado ausencia de vergüenza.
Arthur Schopenhahuer, el llamado filósofo de la tristeza, habló en su día de “la triste esclavitud de estar sometidos a la opinión ajena”. De cierto es bien gráfico el tropo e idílico sería enfurruñarse en un iglú ajeno a pareceres, pero inviable en grado sumo resultaría para la especie misma ni siquiera sopesar el juicio del otro ante nuestros actos o palabras.
Todo ser humano, fundamentalmente si es una figura pública, es escudriñado a lo largo de su vida y obra, en virtud de su proceder, en razón de la consecuencia para consigo mismo de su identidad, visto en el amplio orden de significados que encierra tal palabra.
No entraña ello que semejante “oteo” desdeñe la ley del ser humano abierto al cambio, acorde con la modificación misma producida en su universo particular o general. La vida es perenne estación de ecuaciones donde llegan una y otra vez disímiles incógnitas a despejar en el carril correcto. Evolución, dialéctica, transformación…, podría denominársele de muchas maneras.
Que el ser humano reformula o modifica al paso de los años algunas de sus ideas, según un mundo cambiante al cual debe interpretar volcándose al interior de su dinámica dialéctica y no gravitando desde una órbita externa de sabor a pasado, constituye verdad incuestionable.
Mas, de ahí a remodelar todo su cuerpo de pensamiento de forma progresiva hasta desdibujarse en el recuerdo lo que algún día fue aquel y contornearse en el presente las líneas de una nueva mentalidad reacia a validar antaños principios y convicciones, va no solo una larga distancia sino un cambio de denominación de su actitud.
La inconsecuencia con los ideales pasa por algo esencial llamado ausencia de vergüenza.
Publicado por
storm captain
en
2:47:00 p. m.
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