Julio Martínez Molina
El 10 de marzo de 1952, hace 75 años, el golpe de estado de Fulgencio Batista instauró en Cuba la dictadura más sangrienta y corrupta conocida en la nación a lo largo de su historia, solo con el precedente de la satrapía de Gerardo Machado en lo relativo al prontuario criminal.
Conocido por su anterior labor al frente del país y, tanto en razón de su pasado golpista como de sus fervores pro-Washington —demostrados desde su alianza con el embajador Sumner Welles en 1933—, la asonada de 1952 contó con el total respaldo del gobierno de los Estados Unidos, del cual él fue un peón que instrumentó las políticas para la región aconsejadas por sus mentores. Sus amos le brindaron sólido respaldo material y asesoría militar, similar a cómo procedieron con el desgobierno de Pinochet, en Chile, tras el golpe a Allende.
Las inversiones de EE.UU alcanzarían los mil millones de dólares a la sazón.
