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viernes, 10 de marzo de 2017

Batista, el golpe, el horror de la dictadura

Julio Martínez Molina
La jauría sedienta de los militares tras el golpe  del sargento taquígrafo devenido dictador.


El 10 de marzo de 1952, hace 75 años, el golpe de estado de Fulgencio Batista  instauró en Cuba la dictadura más sangrienta y corrupta conocida en la nación a lo largo de su historia, solo con el precedente de la satrapía de Gerardo Machado en lo relativo al prontuario criminal.
Conocido por su anterior labor al frente del país y, tanto en razón de su pasado golpista como de sus fervores pro-Washington —demostrados desde su alianza con el embajador Sumner Welles en 1933—, la asonada de 1952 contó con el total respaldo del gobierno de los Estados Unidos, del cual él fue un peón que instrumentó las políticas para la región aconsejadas por sus mentores. Sus amos le brindaron sólido respaldo material y asesoría militar, similar a cómo procedieron con el desgobierno de Pinochet, en Chile, tras el golpe a Allende.
Las inversiones de EE.UU alcanzarían los mil millones de dólares a la sazón.

Las visitas del entonces vicepresidente, Richard Nixon, a inicios de febrero de 1955; y la de Allan Dulles, director de la CIA, dos meses después, sirvieron para fortalecer los programas económicos e ideológicos del imperio en la Isla. El jefe de la tenebrosa agencia le planteó al tirano la inquietud de su gobierno con la actividad comunista en Cuba, ante lo cual el dictador inaugura, en pocas semanas, el Buró de Represión de Actividades Comunistas (el temible BRAC). La “criatura”, de conjunto con el no menos pavoroso Servicio de Inteligencia Militar (SIM), la Policía Nacional y el Ejército, hizo del país un estado policial, en cuyo vórtice las personas vivían en permanente zozobra y donde las desafecciones políticas se castigaban con la muerte.
Batista prohijó a grandes asesinos de la historia de América Latina (Conrado Carratalá, Pilar Mata, los hermanos Salas Cañizares (Rafael, Juan y José María), Esteban Ventura Novo) y a cohortes de criminales subordinados a ellos —“hombres de bajos instintos, criminales natos, bestias portadoras de todos los atavismos ancestrales revestidas de forma humana”, para decirlo con las palabras de Fidel— que pusieron en vilo a la nación y especialmente a su juventud, que murió con los ojos sacados, sin uñas, reventados sus testículos o violadas en cunetas, descampados, ríos, mares.
En su reino de “sangre y pillaje”, términos empleados por el maestro Enrique de la Osa, la corrupción sobrepasó todos los estándares históricos de una nación experta en el tema. Batista, por sí mismo, se subió el sueldo presidencial de 26 mil 400 a 144 mil dólares; por arriba incluso que el del presidente de los Estados Unidos, Truman, cuyo monto no sobrepasaba los 100 mil.
Sin embargo, el 35 por ciento de la población cubana estaba desempleado, al tiempo que casi el 60 por ciento de los campesinos vivía en barracones con techo de guano y piso de tierra, desprovistos de sanitarios o de agua corriente; y el 90 por ciento no contaba con servicio eléctrico.
Cual recoge el profesor francés Salim Lamrami en su indispensable texto 50 verdades sobre la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba, el economista inglés Dudley Seers afirma que la situación en 1958 es “intolerable: “(…) en el campo, las condiciones sociales eran malísimas. Cerca de un tercio de la nación vivía en la suciedad, comiendo arroz, frijoles, plátanos y verdura (casi nunca carne, pescado, huevos o leche), viviendo en barracones, normalmente sin electricidad ni letrinas, víctima de enfermedades parasitarias y no se beneficiaba de un servicio de salud. Se le negaba la instrucción (sus hijos iban a la escuela un año como máximo). La situación de los precarios, instalados en barracas provisionales en las tierras colectivas, era particularmente difícil (…). Una importante proporción de la población urbana también era muy miserable”. El Presidente John F. Kennedy se expresó también al respecto: “Pienso que no hay un país en el mundo, incluso los países bajo dominio colonial, donde la colonización económica, la humillación y la explotación fueron peores que las que hubo en Cuba, debido a la política de mi país durante el régimen de Batista. Nos negamos a ayudar a Cuba en su necesidad desesperada de progreso económico. (…) pero en vez de extenderle una mano amistosa al pueblo desesperado, casi toda nuestra ayuda tomaba la forma de asistencia militar –asistencia que sencillamente reforzó la dictadura de Batista (…). Arthur M. Schlesinger, Jr., asesor personal de Kennedy, escribió: “Me encantaba La Habana y me horrorizó la manera en que esta adorable ciudad se transformó desgraciadamente en un gran casino y prostíbulo para los hombres de negocios norteamericanos (…).Uno se preguntaba cómo los cubanos  —viendo esta realidad— podían considerar a EE.UU de otro modo que con odio”.

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