El gobierno que en mil días había revolucionado el país, que transformaba de manera paulatina los pilares sobre los cuales debía fundamentarse un nuevo régimen de producción y una nueva entidad sociopolítica, querido por el pueblo trabajador a despecho de la burguesía alta más interesada en otros aires de menos cambio y más capital, se fue a pique por el sedicioso golpe de Estado encabezado por el traidor Augusto Pinochet.
Tras los momentos iniciales, de desconcierto, al comprender Salvador Allende con claridad la situación real, su claridad visionaria -esa que acompaña a los grandes hasta en los últimos momentos-, le permitió en tan difíciles instantes adelantarse a su tiempo, otear en el horizonte político futuro de Latinoamérica y asegurar: "Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor".