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| ¡Y ahora, ¿qué?! |
En los tiempos de Esopo no existía Internet, de lo contrario el esclavo emperador de la fábula hubiera compuesto una más o menos semejante: Había una vez un hombre indocto quien, avergonzado, quiso aprender, tomar conocimientos de todas las materias, y leyó durante 24 horas por 24 años trillones de páginas de Google. Tras casi un cuarto de siglo “estudiando”, tan solo fue capaz de poseer meras referencias evocativas.
Google es aquí la excusa, el chivo expiatorio, el Maine del comentario. Pese a ser un motor de búsqueda portentoso que, bien empleado, puede generar resultados fabulosos, ni la maravilla de Sillicon Valley ni nada en este mundo suplanta la función de la lectura sistemática en tanto resorte imprescindible para la adquisición de cultura, la formación de herramientas epistemológicas e instrumentos teóricos. Sea dicha lectura cual vía fuere; da igual la forma de inscripción, transmisión y circulación de textos, el “prediluviano” volumen físico de papíricas hojas o la tableta, en tanto a partir de ahora no importará ya más el continente sino el contenido. La textualidad electrónica es igual de valiosa.
