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sábado, 11 de octubre de 2014

Antonio Muñoz: “Yo no me escondo de nadie”

Roberto Ariel Lamelo

Lo primero que hice fue saludarlo. Un ex profesor mío del Preuniversitario nos presentó. Sus primeras palabras, y casi las únicas en ese instante, me resultaron incómodas. Muñoz me preguntó por alguien que yo no conocía en vez de, digamos, preguntar por mí. Me sentí fuera de lugar. Entonces comprendí que la presentación no había sido la mejor, y le hablé de José Luis Rumbaut. “Rumbaut el hijo” –me comentó él– y le respondí que sí. Le dije que tenía unas fotos, un texto. Ambas cosas me las enviaba Rumbaut para él. Alguien le habló de otro artículo, uno que yo había escrito para Cubadebate sobre él. Entonces “la cosa” cambió.
Pasaron los minutos y Muñoz se sentó a conversar conmigo, y con todos los que estábamos en la fiesta a la cual fue invitado. Por razones que no viene al caso comentar, mi grabadora no se encendió hasta que Muñoz comenzó a hablar de pelota.
En el patio, todos los presentes –al parecer– tenían cierto temor “a la prensa”, pero cuando Muñoz empezó a hablar de pelota –que es lo suyo– alguien me dijo: “No grabes…” y yo dije con firmeza: “Si habla de pelota, claro que voy a grabar”.
Entonces comenzaron a preguntarle cosas. Y la primera pregunta me sorprendió “fuera de base”. Alguien le dijo que: “(…) de las brujerías que se usaban en el equipo Cuba, se decía que la más sonada era la que se echaban mutuamente él y Marquetti. Y Muñoz, con una sonrisa en los labios contestó: No, ¡yo soy tremendo brujero!
–¿Tú ves esto que está aquí? (rio a carcajadas, se tocó el bolsillo derecho y continuó hablando) Mira, la única brujería que existió entre Marquetti y yo es que cuando empecé él tenía una calidad extraordinaria, pero él fue bajando y yo subiendo, y al final mi calidad se impuso. Pero claro, hay que estar respaldado (vuelve a tocarse el bolsillo derecho y a reír de manera sonora).
A partir de aquí cada cual preguntó lo que quiso, como pudo, y del modo que pudo. Yo, sin dejar de grabar, decidí hacer mi trabajo. Debo reconocer algo: todos los que estábamos éramos cubanos. No hay nadie en el mundo que sepa más de pelota que los cubanos. No hay nadie en el mundo que sepa más de Muñoz que los cienfuegueros.
Este primer trabajo cuenta, entonces, con la asesoría “inquisidora” de aproximadamente 20 “hijos” de la Perla del Sur. En el segundo les prometo que solo Muñoz me robará el protagonismo.

Preguntas al Gigante del Escambray


Muñoz con la bandera de Cienfuegos.
Aquella famosa discusión entre tú y Acebey no debió suceder nunca, pero la gente pudo palpar un Muñoz más noble aun de lo que se creía, porque con ese tamañazo, con tu calidad como atleta, aguantar aquello…

–Eso fue en Jatibonico, en el Genaro Melero, en una Selectiva. Ahí en ese estadio, por las dimensiones tan pequeñas que tenía, pusieron una regla de dos bases, o sea, con el tiro corto, si la bola se escapaba, le daban automáticamente otra base a los corredores. Recuerdo que el primer juego fue en La Habana y nosotros lo ganamos. Pero en ese juego, el segundo –porque esa serie fue de tres juegos al primero que ganara dos– abrió Valle, y lo ganó pero por par de errores de Acebey. Mira, Víctor Mesa, con dos hits que nos dieron por el centro del terreno, tiró bien a tercera las dos veces pero Acebey no trancó bien en la base a los corredores. Fueron quietos por su culpa. ¿Quieres que te haga bien el cuento, no? Déjame aclararte primero una cosa. Como compañero de Acebey, como hermano o padre de Acebey, y cubano, no creas que por esto que voy a contarte vine aquí a Miami a hablar basura de Acebey. Bien, en esas dos jugadas malas de Acebey, se nos fue el triunfo. Y en la guagua, al regreso, Víctor desde que se montó empezó a pelear y le dijo, encabronao claro, veinte mil cosas a Acebey. Y Acebey comenzó a sentirse mal. Yo era el capitán del equipo y le comenté a Acebey: “Oye, compadre, vamos, arriba, queda el de mañana”. Al otro día abrió Lázaro de la Torre. Ninguno de La Habana quería pichear y le dieron la bola a De la Torre y dan un rolling por tercera con hombre en primera. Acebey se enreda con la bola y tira un poco afuera y yo por miedo a no llegarle a la bola con el mascotín en el estiramiento lateral, saco el pie de la base para asegurar, y cuando regreso a pisar la almohadilla ya era tarde y el corredor fue quieto. Entonces Acebey empezó a manotearme y a decirme una pila de cosas. Lo único que hice fue sentarme en primera base y echarme a llorar. Ahí salió la gente y me decía, Guajiro vamos, no te pongas así. Se hace una reunión en el box, con el infield, y yo le digo a Acebey: “Lo que pasa es que yo he discutido campeonatos con Sancti Spíritus, con Azucareros, con Las Villas y con Cuba en los momentos difíciles, y este es el primer campeonato que tú discutes, y lo que tú me estás haciendo es una mierda, porque a mí no se me hace eso”.
Triana, que era el manager, optó por sacar a Acebey, pero yo le dije: “No, no lo quites, déjalo, que este juego lo vamos a ganar”. Pero Triana lo quitó y puso a Lázaro López. Entonces vuelve la misma jugada, rolling clásico duro de frente a tercera base. Tato la coge, tira a segunda. Miguel Rojas pisa, saca el out y tira a primera. Y tira mal, pero ya la gente se había lanzado para el terreno y yo me puse tan nervioso que empecé a buscar la base para pisarla y completar el doble play. Alfredo Paz, que era uno de los mejores árbitros del país en ese entonces (por cierto, murió recientemente), cantó out sin yo haber pisado la base. Fíjense en el video, si lo logran ver por ahí, que no pisé nunca la base. No fue out. Nunca pisé primera, pero qué iban a decir o a hacer. Ya el público estaba metido completo en el terreno.

Malograda tu primera visita a Miami, ahora en esta “segunda” tienes algún temor de que…
–¡Qué temor de qué chico! Yo dije ahora que llegué: donde quiera que haya un cubano que me quiera saludar y conocer, llévenme, que aquí estamos. Y eso es lo bueno que tengo. Cuando me levanto por la mañana, y hago mis ejercicios, doy mis caminaditas y salgo para la calle, antes que tú me saludes, incluso sin conocerte, te estoy diciendo: “¿Y qué socio?”. Y a veces estoy en un lugar y alguien me reconoce y dice bajito: “Mira, ese es Muñoz”, y yo me viro y digo: “¿Qué es lo que hay, compay?”. Eso es disciplina de mis padres. Eso me lo enseñaron mis padres: el respeto a los demás.

¿Cómo fue tu infancia, cómo era tu carácter cuando niño y ya luego en el terreno? ¿No te fajabas? ¿Qué valores te inculcaron tus padres?

–En el terreno, la única vez que me fui a fajar con alguien fue con Ángel Leocadio Díaz… ah, y contra el pitcher dominicano aquel al que le caí atrás con el bate. Pero yo nunca le he dado una bofetada a nadie, ni por hombría ni por despecho. Te hablo sin sombrero. A mí me criaron en medio del monte del Escambray. Usaba pantalones de bombacho y tenía el pelo largo, sin picar, por la promesa que se había hecho porque mi padre quería tener un hijo varón. Mi madre perdió cinco hijos varones antes de tenerme a mí. Por eso uso el número 5. Y la finca de mi padre tenía ese número también. En cuanto a la otra pregunta, mira, ¿tú ves este teléfono? (toma en su mano mi teléfono Samsung S5): así, más o menos así, era el tamaño del cheque que me pusieron delante a mí y a Cheo (Pedro José Rodríguez) en Medellín, Colombia, en 1978. Un cheque en blanco. Cheo dio en ese torneo, en diez juegos, 15 jonrones, y yo 12, y como te decía, vino Julito Blanco Herrero, scout del Milwaukee, el hijo del que era dueño de La Tropical, y nos dijo: “Pongan la cifra ahí”, y cuando aquello no había millones y nos dijo que podíamos poner millones. Preston Gómez me quería, Tommy La Sorda, pero yo lo que he hecho toda mi vida ha sido no solo mantener una disciplina y un respeto hacia los hombres, sino también ante los demás seres humanos. En mi casa, las sillas buenas duermen afuera, los sillones duermen afuera.

Sin embargo, esa humildad y ese respeto que sientes hacia los demás no te impidieron emborrachar a Rogelio y a Casanova para poder ganar un juego. ¿Eso fue idea tuya no?

–(Ríe a carcajadas) Rogelio nos metió nueve ceros ese día. Eso fue el día del cumpleaños de mis dos hijas, las jimaguas. Se viajaba los viernes y ellos llegaron a Cienfuegos ese día. El sábado era el cumpleaños, y por la tarde se me aparecieron en la casa Rogelio, Casanova y Pineda. Entonces no sé quién fue el que me dijo: “Oye, allá afuera te están buscando Casanova y Rogelio”, y yo le dije; “mételos, mételos pa' acá”, pero Pineda se bajó también. Alguien –otra persona– me dijo “métele ron a esta gente, métele ron de verdad, que esta gente no pueden jugar hoy. Este va a pichear y el otro va a jugar. Métele ron”. Yo los hice pasar a mi cuarto y les llevé una botella de Havana Club. Pineda tomó un poquito, pero entre Rogelio y Casanova bajaron la botella aquella con cinco cuartazos. En nada se la espantaron y me pidieron otra. La guagua regresó a buscarlos y Pineda les dijo: “bueno, nos vamos”, pero en esos días me habían dado el Lada, y Casanova le dijo: “no, vete tú, nosotros nos vamos de aquí de la casa directo para el estadio en el Lada del Guajiro”. Yo jugaba esa noche también, contra ellos, claro, y por eso tomé poco. Rogelio iba a pichear por Pinar y por nosotros Ramón Castellanos. Y a las seis de la tarde me los llevé pal estadio. Fíjate la nota que tenía Casanova, que se quedó dormido de mi casa al estadio, que es cerquita. Rogelio iba más o menos, pero liquidao también. Mira, para no cansarte, empieza ese juego y Casanova en el primer turno al bate mete jonrón. Cuando llego al banco me preguntan: “Guajiro, ¿pero tú no lo emborrachaste?”. Pasan dos o tres innings, Rogelio picheando… ¡no se le veía la bola! Y cuando Casanova vuelve a batear… ¡jonrón de nuevo! En el sexto inning, cuando regresa al bate, mete tubey y cuando llega a segunda base, empieza a hacerle señas a Pineda para que lo quite, porque no podía más de los deseos de vomitar que tenía. Pineda viene a verlo a segunda y empieza a preguntarle qué tenía pero él no le decía nada, y Pineda insistiéndole. Cuando pasan por la primera base, mientras se iba del terreno, Pineda le vuelve a preguntar a Casanova qué le pasaba, y Casanova lo mira y le dice: “Conde –así le decíamos todos a Pineda–, ¿qué coños me va a pasar? La pila de rones que me ha dado el Guajiro este”. Y me señala. Se me para al lado y delante de Pineda me dice: “Pero no te me vayas, Guajiro, cuando se acabe el juego, que me vuelvo a ir contigo para tu casa para seguir tomando”. No le sacaron out a ese hombre esa noche. ¡Qué clase de bateador! Y mis compañeros preguntándome: “Pero, Guajiro, ¿lo emborrachaste o lo cuidaste?” Y con Vinent fue igual.

¿También lo emborrachaste para poder batearle?


–Nooo, si a un pitcher no se le bateaba era a Vinent. Y a él no le gustaba que le cogieran el lomo. Él me daba ponches, pero yo lo sonaba también a veces. El padre de Vinent y Rogelio era Pedro Jova, y ahora me recuerdo de una anécdota. Ocurrió en Santiago. Estaba Jova en segunda y me toca batear a mí, y la gente empezó a decir, pásalo, pásalo, pero qué va, atrás venía el Cheo. Entonces Vinent decide pichearme. Un slider bajito, por aquí, otro por allá, pero yo sabía que tenía que venir al medio. Y me eché pa atrás y se la afinqué por allá, por detrás de la segunda pizarra que hay en el Guillermón.
Tuve durante mucho tiempo una forma de celebrar esos grandes jonrones. Me quedaba quieto un instante, y luego ponía el casco en el bate y se lo daba a Jiménez el cargabates. Cambié eso porque me dijeron que eso se veía mal, que era una burla. Pero ese día lo hice. Y a Vinent no le gustó aquello. Se puso el guante a la altura del pecho, con el rostro echando candela. Cuando piso primera me doy cuenta de que me está mirando, y cuando piso segunda lo veo que estaba de frente pa mí, como esperando que yo hiciera algo más; entonces pensé, Coño, el negro está cabrón. Bajé la cabeza y seguí tranquilito pal home y ni lo miré más.
Pero al cuento que iba: se me aparece un día en la casa Vinent, allá en Cienfuegos, creo que con Larduet y Pacheco, y nos pusimos a jugar dominó y a tomar y eso. El juego era al otro día. Salió de allí en cuatro patas. De lejos, ya cuando me lo llevaba en mi carro, tardísimo, le gritó a mi ex mujer: “Lucy, me voy borracho, pero mañana me voy a trepar. Y a este –me señala– lo considero, por lo que le espera”. Con la nota que él tenía, yo dije para dentro de mí: qué va, este no pichea mañana. ¿No pichea? ¡Nueve chapas nos metió! Vinent, sin dudas, para mí ha sido el mejor pitcher que ha tenido Cuba y te voy a decir por qué. Le picheaba a los mejores equipos en Cuba y ganaba, y le picheaba a los mejores equipos afuera y ganaba también. Vinent era un cinchete contra los americanos, los japoneses y los de China Taipei. No perdía.

De tus palabras al inicio de la respuesta intuyo que no fue Vinent el pitcher más difícil al que te enfrentaste.


–No, fue Leopoldo Márquez. ¿Por qué? Porque me sacaba out, me ponchaba, me picheaba flojito. La gente dice que Vinent, Rogelio y eso. No, no, no. Esos me ponchaban, sí, pero yo les daba después una línea. Pero a Leopoldo Márquez vine a darle yo pasado mucho tiempo, en la Isla de la Juventud, cuando dividieron a un equipo de la Selectiva e hicieron dos equipos: uno que era de Habana campo y otro de La Habana ciudad. En ese de Habana campo estaba Leopoldo. Y recuerdo que en ese primer juego contra nosotros, Leopoldo Márquez abrió y en mi primer turno al bate le di jonrón.

Nadie mejor que tú sabe cuál ha sido el jonrón más largo que diste en tu carrera deportiva. Yo, por ejemplo, fui testigo presencial del que le diste a Ángel Leocadio Díaz en el 5 de Septiembre. Pasó por encima del techo del right field.

–Yo di buenos palos… di uno por arriba del techo en el Guillermón Moncada… (Piensa). Pero no, mira, di uno en Cabaiguán que cayó encima de un tanque de la Refinería. No te rías, que yo soy el que los daba. Fue por el left center. Estaba la cerca, 340… el césped que está detrás de la cerca, la carretera, más césped del otro lado, la acera, otra cerca, y los tanques. Y la bola dio arriba de uno de esos tanques.

¿Cuánto es eso? ¿Quinientos pies y algo?

–Ohhh, algo así. Pero también di uno en Matanzas, en el Palmar del Junco, por los 360. La bola brincó la cerca, el césped, la carretera que va para La Habana, y cayó arriba de una rastra que iba pasando en ese momento. En Venezuela también di uno grande.

Hubo una vez un pitcher “novato”, Eduardo Terry, al cual le diste un tremendo jonrón también.

–Un pitcher de Matanzas… (comienza a reír). Mira, a mí me dan el Lada y yo no sabía manejar. Me manejaba Francisco Calabaza, uno que vive por la Calzada. Me voy pa La Habana y de La Habana me fui para Matanzas. Llegué desbaratao. El juego era en el Palmar. Y este pitcher, Eduardo Terry, en mi primera vez al bate me da ponche. Me poncha en la segunda vez también. Se acaba el juego, y saliendo ya del estadio, sentado yo en el carro, se me acerca… Era chiquitico (sonríe), me pone el brazo en la ventanilla, y medio en burla me dice: “Bueno qué, Profe, ¿cómo me viste?”. ¡Qué clase de ofensa esa! Saqué la mano y se la puse en el hombro y le dije: “Muy bien, muchachón, ¡muy bien!”. Y me fui. Pero al otro día ya estaba más descansado. Sucede que traen a Terry de relevo para enfrentarme. Y me doy cuenta de la estrategia y recuerdo los dos ponches que me había dado el día anterior, y voy para el banco encabronao, tomé no sé qué cosa y le dije a Frank (un miembro del equipo): “Si este chiquitico me vuelve a ponchar hoy, ¡lo voy a matar!”. Y empezó a floripondear con la curvita afuera, pero cuando vino en zona se la metí de aire contra una cosa ahí que no sé qué es… un guachinango (creo le dicen así) que está lejooos. ¡Qué clase de palo! Y cuando fueron a Cienfuegos a jugar, lo volví a encender… y el muchacho le dijo a Félix Isasi, que era el manager de ellos: “Coño, yo creo que Muñoz se ofendió por lo que yo le dije”. Y Félix vino y me lo comentó. Me dijo: “Coño, guajiro, ¡qué abusador tú eres!”. Pero qué cosa, eso fue una frescura de él.

En tu época como jugador, a tu entender, ¿quién fue el mejor pelotero?

–Sin dudas que Luis Giraldo Casanova. Jugaba maravillosamente a la pelota. Hacía bien todo. Fildeaba bien. Tiraba bien a las bases. Corría rápido. Bateaba de todo y por cualquier lugar del terreno. Metía jonrones. Decidía juegos. Era un pelotero súper completo. Allá se hablaba mucho de Linares. Linares bateaba en las Series Nacionales, en las Selectivas, pero nunca decidió un juego internacional. Sin embargo, y te menciono otro grande, Antonio Pacheco, ese que está ahora en Tampa, le traqueteaba la madre…

Hablabas ahorita de Ramón Castellanos que era en tu época, junto a Almarales, de lo mejorcito en el picheo que tenía el equipo de pelota de Cienfuegos. Ninguno de ellos tiene un récord vigente en el beisbol cubano; sin embargo, Cienfuegos tenía un pitcher, uno normal, pero que aún tiene un récord vigente: Ronel Sardiñas.

–Sí, lo consiguió en una Serie Nacional. Tiró 27 strikes consecutivos. Y te digo algo más: a pesar de ser pitcher nunca fue sustituido por un bateador designado porque era muy buen bateador. Ese debe ser otro récord también, ¿no? También jugaba la primera. Su rendimiento descendió, y mucho, a raíz de la pérdida de su hijo. Eso lo afectó mucho.

Vuelvo a aquella imagen, ahorita lo mencionabas, del día que le caíste atrás al pitcher dominicano con el bate en la mano. Conociéndote Cuba entera, sabiendo cómo eres, con esos valores de los que hablabas, ¿cómo entonces le fuiste para arriba al pitcher aquel a golpearlo con un bate?

–Eso fue en el 83 en Venezuela (sonríe). Ese pitcher esa noche dio cuatro deadball consecutivos. Bien, había dado tres y no lo habían expulsado hasta que me tocó a mí. Le dio pelotazo a Fernando Hernández, luego se lo dio a Víctor Mesa, y el tercero se lo dio a Juan Castro… no, perdón, fue a Lourdes (Gourriel). Atrás venía yo. Lourdes se molesta con el pelotazo, pero yo lo atajo, claro, yo veo que es mi turno, que las bases están llenas, y le digo: “Oye, dale pa primera…” y él me responde: “Mira, ten cuidado no te lo den a ti también”. Pineda, que era el manager del Cuba, se me acerca y me dice: “Si te da bolazo también a ti… ¡cógelo!”. Él me tira dos sliders hacia afuera para acomodarme, para que me confiara, y al tercer lanzamiento me mete el pelotazo. Y le fui pa´arriba. El cátcher era Piñado, que hoy en día es scout, y yo corrí con Piñado trepado en la espalda mía hasta el box y con el bate en la mano. El muchacho, Mario Martes se llamaba o se llama, se mandó a correr pa tercera y Víctor que estaba en segunda le fue para arriba y le dio un piñazo. Esa ha sido la única ocasión en toda mi carrera deportiva en que me expulsaron de un juego de pelota. Pero al pitcher también lo expulsaron.

Hablando de Víctor Mesa… Era un gran jugador, sin dudas, pero como manager, parece un eterno perdedor en los juegos claves.


–Víctor Mesa es tremendo manager. Un tipo que vive y respira béisbol. No ha tenido suerte. Es que su juego es distinto al de todo el mundo. Él juega el juego rápido, y eso a veces no te da tiempo a pensar correctamente… y tiene algo que a mí no me gusta: cambia mucho a los pitchers. Para hacer eso, tiene que tener a los pitchers constantemente calentando, y los pitchers no se cansan en el box, se cansan calentando. Con Pinar le pasó eso. Se le cansó el pitcheo y Urquiola le guardó la gente buena. Víctor se equivoca como todos los directores, pero tiene estrategias muy buenas. A veces parece que está peleando, y yo te digo una cosa: que esa es su manera de ser. Y él es el que manda y hay que hacerse respetar y respetarlo. Y no se anda mucho con miramientos. Si por mantener la disciplina te tiene que quitar te quita. Seas quien seas. En Matanzas le ha sacado producto al béisbol. Un equipo que moría en los puestos del 14 al 16 y mira donde está.

Sobre el número 5, cuyo origen explicabas ahorita, el día de tu retiro se dijo que a partir de ese instante, junto contigo, se retiraba también el número. Que nadie volvería a usar ese número, ni en Cienfuegos, ni en el equipo Cuba.

–Eso no lo respetaron. Es la verdad. Mi camiseta está en el Museo Nacional del Deporte en Cuba, pero eso nunca lo respetaron. Y muchas veces me han entrevistado, y los mismos periodistas me han comentado que eso es una falta de respeto, y yo he dicho que no, que eso no es ninguna falta de respeto, que eso para mí es un orgullo, y un honor que los atletas y los niños de Cienfuegos que jueguen al béisbol usen mi número, porque así sigue viajando y representándome por donde quiera, por toda Cuba, por el mundo.

Tú momento más duro como atleta fue el retiro, ¿y el más feliz?

–He tenido muchos momentos. El jonrón que decidió el Campeonato Mundial de Japón… pero eso no fue ante mi público. Mira, en ese mismo año, 1980, el mismo día, la misma noche que las jimaguas nacieron, di dos jonrones en Pinar del Río. Eso para mí es muy emotivo. El 28 de octubre de 1984 fue el último juego del Campeonato Mundial. Yo bateaba con un bate Easton de 35 pulgadas, negro y amarillo. El bate, como tú sabes, no era mío. Eran bates que habían traído especialmente para el Campeonato. Eran bates del INDER. A mí me gustaba el bate, lo sentía perfecto. Entonces hablo con el entonces comisionado nacional y le digo: regálame este bate. Él me dice que no, que no podía regalármelo…

¿Te dijo que era un medio básico?

–No, no me dijo eso, me dijo que era un bate del equipo Cuba. Esa noche, con ese bate, yo había bateado tubey, jonrón, jonrón… me dieron en la cuarta vez al bate una base por bola, y luego di un rolling a primera. Pero me quedaba una vez al bate y cuando fui a consumir el último turno, me doy cuenta de que Fidel estaba detrás de la malla y le digo al comisionado: “Oye, mira quién está ahí. Si quieres voy y se lo pido”. Y me dijo: “Bueno, si das jonrón te puedes quedar con el bate”. Di jonrón por el center field y no solté el bate. Recorrí las bases con el bate en la mano. Y cuando piso el home y voy pal dugout Fidel me llama y me pregunta: “Oye, ¿y por qué tú corriste con el bate en la mano?”, y le contesté: “Comandante, porque yo le pedí el bate al comisionado y me dijo que tenía que dar jonrón para ganarme el bate”, y Fidel me contestó: “¡pero si tú te has ganado miles de bates!”. (Tomado de Cuba Contemporanea)

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