Julio Martínez Molina
Varios vendedores ambulantes, legales o no, de ajo, cebolla u otros productos agrícolas decidieron, por su cuenta, subirle el precio a sus ofertas, sin que el salario promedio haya ascendido de forma paralela, salvo en algunas áreas sociales como médicos y resto del personal de la Salud. La pata de ajo que en 2012 salía al costo de 160 pesos ahora vale de 250 a 270 o más. Una cabeza puede venderse de 2.50 a tres. Solo el anterior ejemplo, para no explayarnos en esta locura que, mírese por donde se mire, no guarda explicación racional y solamente halla fundamento en la decisión de obtener mayor ganancia a partir del mismo esfuerzo y semejante propuesta de expendio sobre el hombro.
Cobra peligrosa dimensión en Cuba la tendencia a masacrarnos entre nosotros mismos, proclividad que debe frenarse entre todos a tiempo, porque actualidad e historia del continente indican que en nada bueno llega a parar.
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martes, 16 de diciembre de 2014
Ajos de otro mundo, talcos invisibles: viñetazos de desazón
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storm captain
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1:09:00 a. m.
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lunes, 9 de junio de 2014
Los tomates más caros del mundo
Julio Martínez Molina
“Deja que le suban el sueldo a los médicos, que voy a meter los pepinos a tanto…”. Así hablaba, meses atrás, un vendedor ambulante de productos agrícolas. No sé si la masa lo pensaría igual, espero no haya sido así, pero lo cierto es luego del primer sueldo cobrado de aquellos adquirí ¡cuatro! tomates por ¡veinte pesos! a un carretillero. ¿Porqué los compré? Los necesitaba y en ninguno de nuestros mercados agropecuarios estatales los expendían.
Todos debemos vivir, sí; mas si hacerlo entraña seguir devorándonos entre nosotros, convirtiéndonos en nuestros peores enemigos al dar riendas sueltas a este incremento fratricida de los precios como parte de una guerra sin cuartel donde el hombre es verdadero lobo del hombre, no habremos de parar en nada bueno. La verdad debe decirse, aunque duela, preocupe o incluso asuste.
“Deja que le suban el sueldo a los médicos, que voy a meter los pepinos a tanto…”. Así hablaba, meses atrás, un vendedor ambulante de productos agrícolas. No sé si la masa lo pensaría igual, espero no haya sido así, pero lo cierto es luego del primer sueldo cobrado de aquellos adquirí ¡cuatro! tomates por ¡veinte pesos! a un carretillero. ¿Porqué los compré? Los necesitaba y en ninguno de nuestros mercados agropecuarios estatales los expendían.
Todos debemos vivir, sí; mas si hacerlo entraña seguir devorándonos entre nosotros, convirtiéndonos en nuestros peores enemigos al dar riendas sueltas a este incremento fratricida de los precios como parte de una guerra sin cuartel donde el hombre es verdadero lobo del hombre, no habremos de parar en nada bueno. La verdad debe decirse, aunque duela, preocupe o incluso asuste.
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storm captain
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11:14:00 p. m.
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