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jueves, 25 de junio de 2015

Cuba: una batalla inusual en Washington

James Williams, presidente de Engage Cuba.
Jesús Arboleya

Debido a la polarización existente entre demócratas y republicanos, no deja de ser una rareza la reciente creación de la coalición bipartidista Engage Cuba, destinada a promover las relaciones con la Isla. Basta analizar su composición, para percatarnos de su singularidad.
Su presidente es James Williams, un joven consultor que fue asesor del secretario de Estado, John Kerry, así como jefe de la oficina en Washington de Trimpa Group, una organización demócrata con base en el estado de Colorado, especializada en la promoción de “políticas y estrategias progresistas”, como ellos mismos se definen.

También de las filas demócratas proviene uno de los denominados “asesores principales”, Lucas Albee, quien fuera jefe de la oficina de los senadores Mark Warner y Patrick Leahy, dos de los principales promotores de un cambio de la política hacia Cuba en ese órgano.
Con el mismo rango de asesor principal, a ellos se une Sthepen Law, con vasta experiencia en las filas conservadoras republicanas. Fue subsecretario de Trabajo durante la administración de George W. Bush; ex jefe de la oficina del actual líder de la mayoría republicana en el senado, Mitch McConnell; antiguo ejecutivo de la Cámara de Comercio de Estados Unidos y, nada menos, que actual presidente del Super PAC republicano American Crossroads, fundado por Karl Rove, estratega por excelencia de las campañas políticas que llevaron a Bush hijo a la presidencia y orientaron su gestión gubernamental.
Según publicó el Wall Street Journal el pasado mes de abril, Engage Cuba contará también con dos prominentes lobistas republicanos de la firma Fierce Government Relations. El antiguo ayudante de George W. Bush, Kirsten Chadwick, liderará el lobby en la Cámara de Representantes, mientras que Billy Piper, otro antiguo asesor del Senador Mitch McConnell, hará algo similar en el Senado. La misma fuente plantea que Luis Miranda, asesor del presidente Obama, fue una de las personas que concibió la creación de Engage Cuba y ha contribuido a su materialización.
¿Qué explica esta extravagante alianza y cuáles son sus posibilidades de éxito?
No hay otra explicación que el interés por Cuba en un amplio espectro de los sectores económicos norteamericanos. Así se refleja en la propia composición de la coalición, donde aparecen algunos de los consorcios y asociaciones de negocios más importantes de Estados Unidos, abarcando ramas tan diversas como la agroalimentaria, la producción de maquinarias, las telecomunicaciones y el turismo.
En algunos casos, este interés se explica fácilmente por las oportunidades específicas que el mercado cubano pudiera brindar a algunas de estas empresas.
Según cálculos del propio Engage Cuba, eventualmente el mercado cubano pudiera ascender a 6 000 millones de dólares anuales, una cifra nada despreciable, que además aumentaría de manera significativa si continúa desarrollándose la industria turística, se autoriza el acceso de los productos cubanos al mercado norteamericano y si finalmente resulta posible explotar las reservas petroleras, que todo indica existen en las aguas territoriales del país.
No obstante, por sí mismo, en términos comparativos, esto no convierte al mercado cubano en un gran negocio para las empresas norteamericanas. Desde mi punto de vista, su verdadera importancia radica en lo que Cuba puede aportar al mejor funcionamiento del mercado interno estadounidense y sus exportaciones hacia otros países. Tres razones determinan este potencial: la geografía, el capital humano, así como la estabilidad política y social de la nación.
La ubicación geográfica de Cuba ha sido históricamente mirada desde dos perspectivas contradictorias. Como una virtud que ha catapultado su importancia a escala internacional desde los tiempos de la colonia y como una desgracia que condicionó la dependencia a Estados Unidos. El llamado “destino manifiesto”, que en muchos casos sirvió como argumento para la desmovilización de las luchas nacionales.
De cualquier forma, es un hecho que la cercanía a Estados Unidos inserta a Cuba en la lógica del comercio norteamericano más allá del interés bilateral. Ya sea para acceder de manera más eficiente a productos extranjeros, procesarlos y distribuirlos en el mercado nacional o proyectar sus exportaciones hacia el resto de América y Europa, la ubicación geográfica de Cuba adquiere una importancia estratégica para la economía norteamericana.
A esta lógica se suma el capital humano presente en Cuba. En pocos lugares las empresas norteamericanas pueden encontrar una fuerza de trabajo tan calificada. Ello implica que el interés fundamental no debe estar dirigido a reproducir las maquilas existentes en otras partes, sino a propiciar actividades productivas más complejas, que incluyen el uso de nuevas tecnologías, la producción sotfwares y el desarrollo de investigaciones científicas, con la perspectiva de integrarlas a las cadenas de valor originadas por la llamada “revolución del conocimiento”, que se lleva a cabo en ese país.
Para el buen desenvolvimiento de estos planes, resulta indispensable el clima de estabilidad social y política existente en Cuba. Por lo que no deja de resultar paradójico, que la política oficial norteamericana oriente sus objetivos a cambiar el régimen que ofrece estas ventajas.
No es, sin embargo, una sorpresa. Estas contradicciones están presentes en otros muchos aspectos de la política exterior de Estados Unidos –hasta el punto de que en ocasiones resulta difícil identificar el verdadero “interés nacional” de ese país– y la política cubana también tendrá que lidiar con esta realidad, para determinar sus acciones.
Sin embargo, de nada sirven estas consideraciones estratégicas, bajo las normas impuestas por el bloqueo económico. Ello explica el surgimiento de emprendimientos como Engage Cuba y la urgencia de importantes sectores económicos norteamericanos por desmantelar los remanentes de la política existente contra Cuba.
Sus posibilidades de éxito radican en que su empeño responde a factores objetivos, relacionados con los propios intereses norteamericanos, lo que, a la vez, saca a flote el desfase histórico de sus opositores y la consiguiente falta de popularidad de sus posiciones.
Para Cuba, también se trata de un proceso que rebasa la dimensión de su economía nacional y las relaciones bilaterales con Estados Unidos, en tanto la coloca en el foco de interés de otros países respecto al acceso al mercado norteamericano, potenciando su importancia a escala internacional.
También reaparece el peligro de la dependencia, adquiriendo renovada vigencia el viejo dilema sobre las ventajas y desventajas que implican las relaciones económicas con Estados Unidos. Ello determinará que el ejercicio de la política nacional a escala doméstica y mundial, transite por las complejas condiciones que impone la “normalización” de relaciones con ese país.

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